"El problema con el largo plazo –decía el célebre economista inglés John Maynard Keynes hace ya casi un siglo- es que en el largo plazo todos estaremos muertos".
Keynes escribió esta frase en su libro de 1923, Un tratado sobre la reforma monetaria, durante un período de alta inestabilidad económica tras la Primera Guerra Mundial. El texto completo revela su verdadero propósito:
“El largo plazo es una guía engañosa para los asuntos actuales. En el largo plazo todos estaremos muertos. Los economistas se proponen una tarea demasiado fácil y demasiado inútil, si en épocas tempestuosas solo pueden decirnos que después de mucho tiempo cuando la tormenta haya pasado, el océano estará de nuevo en calma".
El blanco de Keynes era el principio económico según el cual aumentar la cantidad de dinero en una economía solo causa inflación. Su argumento era, en esencia, que esperar a que los efectos de una política monetaria “estabilizadora” se manifiesten a largo plazo es inútil, ya que las consecuencias inmediatas sobre la vida de las personas son la prioridad durante una crisis.
Pero lejos de ser un llamado a la irresponsabilidad Keynes lanzaba un poderoso mensaje: la economía no debe sacrificar el bienestar de las personas hoy en aras de una perfección teórica que podría no llegar nunca. Esperar a que el "océano esté en calma" no es una opción cuando hay personas sufriendo las consecuencias de la tormenta económica.
Esta advertencia resuena hoy con una amargura particular en Venezuela, en la medida en que al anunciar el "aumento salarial" este 30 de abril, el gobierno ha vuelto a apostar por la promesa etérea de un futuro tan idílico como impreciso de prosperidad y abundancia, mientras la salud y la vida de los trabajadores se consumen en la espera de un horizonte que nunca termina de concretarse pese a que se nos machaca la narrativa de los “19 trimestres consecutivos de crecimiento del PIB”.
Cuál es la realidad sobre el terrero. El caso no es que los salarios (y por ende, las pensiones del seguro social) en Venezuela son bajos: es que son por lejos los más bajos del mundo. En Cuba, por ejemplo, el salario mínimo mensual son unos 50 dólares. Y en Kirguistán, empobrecida república ex soviética, ronda los 30. Ambos son países fundamentalmente rurales con enclaves en servicios (como la industria hotelera en Cuba), y sin embargo, los salarios mínimos son 166 y 100 veces respectivamente mayores a los venezolanos.
Claro que siempre se dirá que en Venezuela “nadie gana eso” porque existe el bono de guerra, las pensiones y en la empresa privada se dan arreglos entre partes que en algunos casos pueden ser bastante generosos. Ok, pero además de tener presente que en Venezuela tenemos los salarios más bajos del mundo conviviendo con la inflación más alta ídem (según el BCV, la inflación en 2025 fue de 475%, 4,5 veces más alta que la de Zimbabue, el segundo en este nefasto podio), nunca hay que olvidar que no se trata solo de cifras: se trata de una lógica perversa de la cual son también responsables los empresarios de sustituir el salario por bonos liquidando la relación social que da sentido al trabajo.
Porque los bonos no generan antigüedad, no cotizan para pensiones, no alimentan el seguro de paro forzoso, no se negocian colectivamente. Puede que en algún momento hayan tenido sentido, pero terminaron transformándose en una excluyente, humillante y discrecional de “ayuda” que suspende en un nebuloso stand by todos los derechos laborales conquistado, incluyendo la seguridad social y la previsión ante la vejez.
En ese sentido, esperar un "largo plazo" de estabilidad económica mientras los salarios y derechos laborales se destruyen es, en la práctica, abandonar a la mayoría trabajadora a su suerte. En el corto plazo, la necesidad de un salario digno, seguridad social y condiciones laborales justas debe ser el principal objetivo de política económica, exigencia impostergable para que millones de personas puedan vivir con dignidad, proyectar un futuro y los lazos sociales que aún mantienen unida pese a todo a la sociedad no acaben por disolverse en medio de la desigualdad y el sacrificio de las mayorías. El tiempo es ahora.

